Sábado a la noche.
Diluviaba afuera.
Allí afuera en el mundo, en la ciudad, eso, era el afuera.

Aquí era el adentro, lejos por instantes del afuera.
Era el mundo que cómplices creamos.
Aquí dentro, pulso a pulso, el calor de cada uno de ustedes,
sostenía nuestras emociones.

Fieras enjauladas soltando el grito como un mar sobre la playa,
ola tras ola, presencia tras presencia.
Como un viento que nos empuja a seguir andando, haciendo camino,
sin destino certero, ni augurio de llegada, sin premio, ni gloria.
Solos, con sus ojos como brújulas que nos marcan el rumbo,
un camino que late dentro nuestro, incluadicable.
 
Afuera había un afuera, ese del que todos son parte, hasta nosotros mismos. El que nos castiga y acaricia, el que dicta la realidad común a todas las cosas comunes. Allí estaba seguro el mundo, corriendo por la avenida, buscando otra presa.

Adentro estaban las almas, las risas, las canciones, las lagrimas, las emociones, miles de momentos forjados en un solo candil de miradas.
Adentro estaba el destino, librando una nueva batalla, siendo testigo
de que lo improbable a veces sucede, juez y parte.

Al irnos, miramos la lluvia extinguida sobre la avenida,
la otra, la de afuera…

La nuestra, la de momentos y miradas,
la de un coro de nuevos y viejos conocidos,
la de pasiones y canciones,
la que ilumina el dudoso camino,
no se borra, no se extingue.

Era el adentro si, el revés del mundo afuera.
Una vez más lo conseguimos,
en la quimera que nos une desde hace tanto tiempo.

Gracias por estar siempre,
OJOS LOCOS


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